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FOCUS GROUP/ Exgobers presos quieren «Home Office»

El Sureste by El Sureste
junio 29, 2026
in Economía
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Por Jorge Ramón Rizzo* 

En México, el folclore político nacional está lleno de casos donde la línea entre el servicio público y el saqueo institucional se desvanece más rápido que el presupuesto. El club de los exmandatarios caídos en desgracia, o mejor dicho, en pausa estratégica, celebró una sesión extraordinaria, no hubo brindis con champaña ni selfis para presumir en redes, pero el ambiente dentro del selecto gremio respiraba un renovado aire de optimismo.

Tomemos como protagonista de este último capítulo al exmandatario de Quintana Roo, Roberto Borge, quién tras casi una década durmiendo en el penal federal de Morelos, un juez federal decidió absolverlo la semana pasada del delito de delincuencia organizada, argumentando que la Fiscalía General de la República no pudo acreditar la red criminal detrás del escandaloso desvío de terrenos. Por supuesto, esto no significa que haya quedado totalmente libre, Borge continuará su proceso por lavado de dinero, pero desde la comodidad de una residencia y portando un moderno brazalete electrónico. Lo que les inyecta una dósis de «esperanza» a exmandatarios que esperan sentencias a sus juicios.

Déjeme suponer que la noticia de ese día corrió como pólvora en otros reclusorios, donde ex gobernadores se enteraban que Roberto Borge, el otrora todopoderoso jerarca de Quintana Roo, acababa de abandonar el frío asfalto del penal. Tomás Yarrington, Javier Duarte, Mario Marín, Roberto Sandoval, César Duarte, quienes son integrantes del exclusivisimo club al que me refiero, seguramente tuvieron pensamientos y sensaciones positivas que les devuelven la posibilidad de salir impunes en los casos que los tienen tras las rejas.

Desde su trinchera de reclusión, Javier Duarte, el filósofo de la abundancia veracruzana, esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa. Famoso por su célebre teorema sobre la paciencia y las moralejas del destino, Duarte miraba los muros sabiendo que la justicia mexicana es, ante todo, una forma de suspenso. Él, que vió licuarse los fondos públicos de su estado, entiende a la perfección las reglas del juego: El arresto domiciliario de Borge no es impunidad; es, simplemente, el ascenso de un colega al siguiente nivel del «home office» judicial.

Un poco más al norte del tablero penitenciario, César Duarte rumiaba sus propios expedientes en Chihuahua. Su historial de propiedades adquiridas y desvíos multimillonarios parecía sacado de un manual de alta estrategia inmobiliaria, congelado en el tiempo por los lentos engranajes procesales. Y ahora, al observar el éxito de su colega Borge, el chihuahuense reafirmó su fe en el código penal nacional, ese maravilloso laberinto legal donde un amparo bien colocado vale más que mil testigos. La lección parece clara para Duarte Jáquez: El tiempo lo cura todo, especialmente las prisiones preventivas que amenazan con eternizarse.

No muy lejos, compartiendo el peso de la nostalgia institucional, Roberto Sandoval contemplaría el panorama desde su celda por presuntos vínculos incómodos y desvío de recursos en Nayarit. Sandoval seguramente piensa que portar un sofisticado brazalete electrónico en la comodidad de una sala con aire acondicionado siempre será más digno que desfilar con un uniforme color caqui y pasar lista tres veces al día. Y es que, para este grupo de visionarios incomprendidos, la política nunca fue el arte de servir, sino una tómbola de alta velocidad donde el premio principal consistía en gobernar seis años y resistir los siguientes defendiéndose con los mejores bufetes que el robo al erario estatal les pudo financiar.

La velada imaginaria de este club con los gobernadores presos cerraría con una certeza compartida: En el gran teatro de la política mexicana, las sentencias severas son meras sugerencias de guion y los juicios penales, largas telenovelas de las que el público termina por aburrirse; ya que mientras los ciudadanos de a pie sigamos pagando los platos rotos, ellos continuarán ensayando sus discursos de inocencia, confiados en que la burocracia judicial es lenta, pero asombrosamente flexible con ellos, llegado su momento.

Borge ya descansa en casa, cenando lejos del «rancho penitenciario»; para Marín, Yarrington, Sandoval y los Duarte, solo escuestión de esperar a que el juez en turno encuentre el ‘hilo negro’ de sus respectivos expedientes. Porque el reciente giro en el destino de Borge cayó como un bálsamo de esperanza sobre este sindicato informal de criminales de la política interna de México.

La historia de los exgobernadores en México parece un guion escrito con el color de la tinta de quién gobierna. La reciente absolución de Roberto Borge y su mudanza a prisión domiciliaria con brazalete, junto con el destino de otros exmandatarios, demuestra que en la política nacional, el encierro a veces es solo un trámite temporal.

Si bien, la resolución de los casos de los exgobernadores se define de forma individualizada y avanza al ritmo de las impugnaciones que los abogados interponen ante el Poder Judicial de la Federación, lo que hace imposible predecir un día exacto para las condenas finales, cambio de medidas cautelares o conclusión de sentencias de estos miembros VIP de nuestro sistema de reclusión penitenciaria.

Estos personajes, que en su momento de gloria caminaban sobre las leyes, se convirtieron en residentes obligados del sistema penal mexicano. Pero incluso dentro de la prisión, sus historias de justicia se mueven a un ritmo exasperante: exoneraciones parciales, cambios de medidas cautelares y prisiones domiciliarias doradas que hacen que el ciudadano común se pregunte si la justicia alguna vez llega de forma íntegra.

El destino final para estos «virreyes» o repertorio de exgobernadores presos, nos deja una moraleja: El poder en México puede llevar a la cárcel, pero la riqueza mal habida, con frecuencia, compra un boleto de salida o un encierro bastante más cómodo. Después de todo, hay cosas que el dinero si puede comprar.

*Periodista/Tlaxcala

 

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