Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista
La IA no evolucionará principalmente hacia «máquinas más inteligentes» sino a algo más profundo: una inteligencia ubicua.
Es decir, dejará de ser una herramienta separada y comenzará a estar integrada en casi todo.
La veremos en medicina, educación, ingeniería, derecho, arquitectura, comunicación, investigación, transporte, gobierno y ciencia.
Dejará de ser un producto para convertirse en infraestructura. Algo similar a la electricidad: Nadie piensa hoy en la electricidad. Simplemente existe.
Creo que algo parecido ocurrirá con la IA.
¿Hasta dónde llegará? Mi respuesta es doble. Tecnológicamente: Mucho más lejos de lo que imaginamos. Podrá analizar enormes volúmenes de información, diseñar sistemas complejos, descubrir patrones científicos, personalizar educación, asistir diagnósticos, coordinar organizaciones y automatizar gran parte del trabajo repetitivo. Y cada año lo hará mejor.
Humanamente será mucho menos lejos de lo que tememos. Porque existe una diferencia enorme entre procesar información y vivir una experiencia.
La IA puede ayudarte a escribir sobre la vulnerabilidad. Pero no puede lesionarse el pie. No puede llorar. No puede enamorarse. No puede sentir culpa. No puede preguntarse por el sentido de la vida. No porque sea menos inteligente: Porque pertenece a otra categoría de existencia.
Entonces, ¿qué ocurrirá con los profesionistas de antaño?
Aquí aparece una buena noticia.
La historia demuestra que las tecnologías no eliminan el valor humano. Lo desplazan.
El problema no es que desaparezca el abogado. Desaparecerá parte del trabajo mecánico del abogado.
Quedará aquello que aporta valor humano. Por ejemplo, en Derecho la negociación, criterio, interpretación, estrategia y ética.
¿Y los estudiantes actuales? Ésa es la gran preocupación.
Muchos jóvenes estudian profesiones que cambiarán radicalmente antes de que se jubilen. Por eso creo que las universidades tendrán que enseñar menos respuestas y más capacidades.
Menos memorización. Más pensamiento.
Menos procedimientos. Más criterio.
Menos información. Más comprensión.
Cuanto más avanza la tecnología, más importantes se vuelven las habilidades humanistas. Porque la información deja de ser escasa. Lo escaso pasa a ser discernimiento, creatividad, ética, imaginación, empatía y capacidad de encontrar sentido.
La revolución tecnológica más grande de la historia podría terminar devolviéndonos a una pregunta profundamente antigua: ¿Qué significa ser humano?
Porque cuando las máquinas escriben, calculan, traducen, programan y analizan, dejamos de definirnos por lo que hacemos. Y comenzamos a definirnos por lo que somos.






